EXHORTACIÓN PASTORAL
"EL MISTERIO DE LA CRUZ Y LA GLORIA"
SOBRE LA CONTEMPLACIÓN DE LA SEMANA SANTA EN EL ITINERARIO DE LA FE
PBRO. GUSTAVO BARBOSA
Sacerdote de la Diócesis de Carmen
Servidor de la Palabra en el Nuevo Areópago
PREÁMBULO
«Predicamos a Cristo crucificado» (1 Cor 1,23). En el umbral de la Gran Semana, la Iglesia se detiene a contemplar el abismo de la caridad divina. Esta comunidad, nacida del deseo de anunciar el Reino en horizontes no convencionales, está ahora dispuesta a vivir el Misterio Pascual. No lo hace como un espectador distante, sino como alguien que busca, a través de la representación y el símbolo, disponer el corazón para que la gracia de Dios encuentre terreno fértil.
Como sacerdote de la diócesis del Carmen, es mi deber recordar que la Semana Santa no es una representación del pasado, sino la actualización espiritual de la victoria de Cristo, que exige nuestra respuesta personal y nuestra sincera conversión.
CAPÍTULO I: EL CENÁCULO Y LA ENTREGA TOTAL
Al celebrar el Jueves Santo, dirigimos nuestra mirada al Cenáculo. Allí, el Señor, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). En la institución del Nuevo Mandamiento, comprendemos que la identidad de nuestra comunidad debe ser el servicio. Quien no se arrodilla ante el hermano para lavarle los pies, no puede participar plenamente de la mesa del Señor.
Si bien en esta dimensión de nuestra misión no realizamos la ofrenda incruenta del altar —reservada para la santidad del templo físico—, nos unimos en espíritu al Sacrificio de Cristo. Buscamos que la instrucción sobre la Cena del Señor despierte en los jóvenes un santo anhelo por la verdadera Eucaristía, fuente y cumbre de toda la vida cristiana.
CAPÍTULO II: EL TRONO DE LA CRUZ Y EL SILENCIO DEL SEPULCRO
El Viernes Santo es el día de la Soledad de Dios. El madero de la Cruz se alza como único estandarte de esperanza. En nuestras meditaciones y actos de piedad en este entorno, proclamamos que la muerte no tiene la última palabra. La Cruz es el puente que une la miseria humana con la Misericordia Infinita. Invitamos a todos a permanecer en oración, reconociendo que cada una de nuestras acciones debe reflejar fidelidad a aquel que dio su vida por nosotros.
El Sábado Santo es tiempo de gran silencio. La Iglesia espera junto al sepulcro. Es un tiempo de purificación interior, donde la fe se pone a prueba en la oscuridad. En este espacio, donde a menudo prevalece la inmediatez, el Sábado Santo nos enseña la virtud de la espera y la confianza absoluta en las promesas de Dios.
CAPÍTULO III: LA LUZ QUE NO CONOCE LUGARES FIJOS
¡Cristo ha resucitado! La Vigilia Pascual es la madre de todas las vigilias. La luz que brota del sepulcro vacío debe iluminar cada rincón de nuestra existencia, transformando nuestras sombras en claridad. Nuestra misión en este contexto es ser portadores de esa Luz. Si el anuncio de la Resurrección no transforma nuestra conducta y nuestra caridad, nuestro apostolado sería como una campana que repica en vacío.
CONCLUSION
Exhorto a los fieles a vivir estos días con el respeto que merece la majestad de Dios. Que este camino espiritual nos prepare para ser valientes testigos en el mundo, siempre bajo la guía maternal de la Virgen del Carmen. Que la paz del Señor Resucitado habite en vuestros corazones ahora y siempre.
Dado en la Diócesis del Carmen, para la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Pbro Gustavo Barbosa
Sacerdote de la Diócesis de Carmen

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